7 oct 2011

Una sonrisa de Maíz

Como una mazorca casi desgranada es la sonrisa de Umberto, o los vestigios de lo que queda de ella.  Él es un hombre de piel cobriza, ojos saltones, cabellera canosa un poco grasosa, y de manos toscas.  Es un hombre que camina como hormiga todo el día, quizá es el primer cristiano que en su vereda se levanta y enciende el sol para toda la ciudad como si fuese una bombilla.  Todas las madrugadas como de costumbre, mientras el chasquear de los grillos y el eco de algunas lechuzas se entremezclan con la neblina, Umberto se levanta a las tres de la mañana, se echa un baño con agua helada del tanque que hay en su solar, se toma su café hirviendo, se despide de su porcelana que todavía se encuentra enroscada en su lecho, y sale en su bicicleta oxidada con dirección a la ciudad para hacerse el rebusque del diario.  A su paso sólo se escuchan las piedras que cascabelean y el chirriar de la bicicleta.  Litúrgicamente repite esta jornada los seis días a la semana, porque el séptimo se dedica a consentir a su esposa Clemencia, su porcelana; una señora de su edad, un poco cegatona, de corta estatura y cuerpo mediano. 

     Umberto se tarda cuarenta minutos descolgando del cerro de donde vive hasta el centro de la ciudad, por un camino pedregoso al que aún la Alcaldía no le ha puesto los ojos ni mucho menos el bolcillo, pero allí está él como una serpiente escamada con rocas trituras en su piel, a la orilla de éste se encuentran dientes de león, girasoles, zarzamora, algunos cartuchos y muchas hileras de casas remendadas con cartón y hojalatas.  En el centro de Medellín Umberto llega hasta la Calle del Colombiano, cerca a la estación Prado, deja guardando su tiesto en un hotel que es más bien un putiadero, para tomar el carrito de balineras y comenzar a ascender por las calles empinadas de Medellín.  Para esta ocasión él piensa iniciar su recorrido por Robledo, porque la semana pasada lo realizó desde Villa Hermosa y no le fue muy bien, pero esta vez quiere probar suerte por otra comuna. 

     Entonces Umberto toma la calle que lo conduce hasta la Plaza de la Minorista, en el instante que los pitos de carros, altoparlantes, voceadores de cachivaches, coteros, emisoras mal sintonizadas y vendedores de legumbres, despiertan la alborada de Medellín.  Luego pasa cerca a la glorieta y se dirige por el puente de Coca-cola, la chispa de la vida.  Del recorrido que él ha emprendido hasta Robledo, ha alcanzado a recolectar algunos kilos de cartón y algunas latas de cerveza.  Al parecer por la Clarita una vez más hubo fiesta, puesto que a su alrededor habían cajas de licor apilonadas en el piso, botellas rotas, bolsas de basura clasificada en las esquinas.  El sustento de Umberto y Clemencia empacado en bolsas negras, verdes y grises, excepto en las rojas, peligro.  Abriendo una de estas bolsas grises Umberto recuerda como una vez se encontró una cafetera averiada que en su casa pudo reparar; igualmente fue en una de estas esquinas que halló su televisor y una licuadora que tenía el vaso roto.  Todo en la vida de él ha sido reciclado, inclusive su propia historia acá en la ciudad, porque Umberto es desplazado de un pueblo llamado El Bagre.  Un pueblo que en la época de la violencia no le dio tiempo ni de reciclar sus harapos.


Aunque Umberto es un hombre de sonrisa mueca que no se la niega a nadie, ni aún a los dolores más áridos que le ha tocado sobrellevar; él bajo su piel asoleada esconde las historias más viscerales.  Como la ocasión en que unos individuos llegaron a su parcela para ofrecerle dinero por ella, y Umberto en cambio se reusó.  Pero en la noche cuando con su familia disfrutaba por la radio de un partido de la selección Colombia, estas personas regresaron y lo golpearon fuertemente, amenazándolo para que abandonara sus tierras, dos hectáreas que tenía cultivadas en plátano y maíz.  Y es que si existe Dios y se ha olvidado de los hombres, éste no ha tenido en cuenta para nada la existencia de Umberto.

     Después de un buen tiempo de rodar Umberto y su familia como trapo viejo de pueblo en pueblo, huyéndole a la violencia, vinieron a parar a la capital.  Una ciudad infectada por el humo de los carros, el bullicio del tráfico, la disputa de combos en los barrios, el narcotráfico en las esquinas y la mendicidad diseminada en los semáforos.  Fue un mundo nuevo de concreto que se abría ante Umberto, un campesino desplazado que sólo buscaba asidero para su familia, una joven mujer, delgada, llamada Rocío, y un bebé de dos años llamado Miguel.  Una familia más que engrosaría la lista de los desplazados que llegaban a Medellín, finalizando la década de los noventa.  Y ellos no habiendo hallado lugar para ubicarse en algún albergue, optaron por mudarse a un pequeño lote en la periferia de la ciudad que le había recomendado un amigo, para que lo fueran pagando a cuenta gotas, como su esfuerzo y la sangre misma se los permitiera. 

     Ya había pasado un mes después de la llegada al barrio de invasión, pero en vista que ellos no tenían cómo dar la primera cuota, porque se estaban muriendo de física hambre; Rubén el propietario, un hombre consumido por el sacol y el bazuco, le propuso a Umberto que le dejara pasar una noche con Rocío, y así cancelarían el primer compromiso.  Al parecer este sería un lote pagado a sudor de cuerpo.  Rocío y Umberto se tomaron una noche para meditarlo, porque solos en esta ciudad fría no tenían otra opción sino la de complacer a Rubén o desplazarse una vez más.  No fue fácil para Umberto, sin embargo no mucho más para Rocío, que se demoró todo un mes intentándose quitar el rastro de ese hombre, cuyo olor era a fruta agria con algunos matices de alquitrán.  Como consecuencia de esta noche furtiva nacería Carlos o Rosario, el segundo nombre pensado para el segundo bebé que naciera de Umberto y Rocío, pero fue una flor que a mitad de proceso no gestó, porque pudo más la dignidad y el asco somatizado en aquel vientre, que el fermento de aquella noche.  Se impuso más la libertad de Rocío que la suciedad de Rubén. 


Y fue en ese mismo mes que Umberto, aprendiendo de sus vecinos, se dedicó al reciclaje, ya que no sabía hacer otra cosa que trabajar el campo, pero en medio de una urbe a nadie se le ocurría cultivar plátanos.  Para cuando llegó la fecha de pagar la segunda cuota, ya Umberto y Rocío tenían listo el dinero, porque su condición había mejorado un poco.  Por lo menos en la alacena había una panela, una libra de arroz, un pequeño tarro de aceite y tres cubos de caldo maggi.  Cuando Umberto fue a llevarle el dinero a Rubén, éste se lo recibió y se marchó sin decir nada. 

     Fue hasta tres meses después que volvió a reaparecer Rubén, un poco más demacrado con una barba desgreñada  y en condiciones deplorables.  Pero esta vez no venía solo, sino que con él venía una pareja que al parecer estaban interesados por el lote.  No obstante Umberto y su esposa Rocío, les dijeron que este lote ellos ya lo estaban pagando, pero Rubén alegó que hasta el momento él no había recibido ningún dinero por ello, y para esto les pidió algún recibo que constatara tal afirmación.  Ambos quedaron callados.  Sin embargo Umberto de una manera airada le dijo que de allí no se iban a mover, que ni la mano de Dios los movería de aquel terruño que ya estaban pagando; además el dinero de los tres meses ya lo tenían listo.  Entonces Rubén les dijo que aceptaría el dinero a cambio del trato anteriormente hecho entre ellos tres.  La pareja que estaba interesada en el lote se retiraron, dejando a las tres personas que arreglaran su problema.  Igualmente como la vez pasada, Umberto y Rocío se tomaron una noche para pensarlo, pero esta vez Rocío discutió con Umberto toda la noche, alegando que no se volvería a acostar con ese hombre.  Entonces el campesino persuadiéndola, le dijo que fuera al mismo lugar donde lo había llevado la noche pasada, que Dios proveería. 

     Cuando llegó la noche, y la ciudad se vestía de luces lineales, pareciendo un cráter atiborrado con bombillas, allá arriba el frío punzaba los huesos.  Rocío se dirigió al lugar acordado, minutos después llegó Rubén, un poco agitado por sus deseos o quizás por el efecto del bazuco en su cuerpo.  Él sin mediar palabras comenzó a desnudarla poco a poco, la tomó por la cintura y le besó sus senos desgastados.  Rubén parecía una bestia hambrienta.  En el momento que él disponía a quitarse su camisa, sintió una hoja fría que le rozaba levemente su cuello.  Rápidamente explotó una arteria de agua espesa y caliente que salía a borbotones.  Una mujer corrió despavorida, mientras el cuerpo de un hombre semidesnudo, que convulsionaba como un ser poseído por el demonio, era arrastrado entre la maleza.  Al siguiente día, el diario amarillista de la ciudad reportó: Un hombre semidesnudo, al parecer habitante de la calle, resultó degollado en una alcantarilla de la ciudad cerca al barrio La Mano de Dios.  Esta vez el sacrificio del hijo primogénito de una familia pudiente de Medellín, sí se había ejecutado en el altar de la mano de Dios.  En esta oportunidad el hijo de Abraham Sepúlveda no se pudo escapar del sacrificio.  Así la vida de Rocío y Umberto siguió como si nada, como si el peso de aquella noche que aterrorizaba a Rocío nunca hubiese existido en la historia de los dos, o de los tres.  Ésta fue una escena sin manos ni ojos ni lengua, porque nunca hasta el día de hoy se volvió a hablar del tema. 


Ya habían pasado dos años después de este suceso, las elecciones para la Alcaldía se aproximaban, muchos candidatos se aparecían por los barrios haciendo propaganda, haciendo fiestas, entregando mercados, regalando bultos de cemento y hojas de zinc.  Algunos muy entusiasmados prometían la pavimentación de las calles, otros en cambio ofrecían empleo y solidaridad para con los pobres.  Todos los políticos como en un circo ejecutaban su espectáculo.  Algunos magos hacían florecer sonrisas en las personas más reacias.  Muchos candidatos en ese año hicieron su campaña, pero ninguno se atrevió a subir a Altos de Oriente, porque todos ellos sabían que sobre aquellos terrenos, que le perteneció tiempo atrás al narcotraficante Carlos Leder, pasaría un proyecto de transporte de la ciudad, el Metro Cable, con dirección al parque Arví. 

     Para esa ocasión ganó un señor de apellido Lupe, el cual después de haber sido posesionado, todavía sin haber pasado un mes, hizo rebosar la taza de asesinatos en los barrios populares.  En ese cuatrienio hubo gente desaparecida, algunos fueron arrojados a escombreras, otros fueron sepultados en los patios y a muchas y muchos se los tragó el río Medellín.  Para esta pequeña familia, que poco a poco se acoplaba al ritmo de la urbe, era la repetición de su historia pasada.  Una vez más se reiteraba el ciclo venéreo de la guerra, que a ellos también los infectaría.  A veces en la ciudad o en los pueblos es más insigne la codicia que el sosiego de unos pocos. 

     La infección comenzó temprano en una mañana muy lluviosa.  Todo estaba en silencio, cuando de un momento a otro el suelo comenzó a trepidar por el peso de cinco buldóceres y tres tanquetas del escuadrón móvil antidisturbios, y cientos de policías vestidos como robocops.  Todos en la comunidad estaban dormidos, y aunque algunos habitantes al inicio pensaban que se trataba de una pesadilla, quizá producto de algún éxtasis colectivo, estaban equivocados pues eran representantes de la Alcaldía que habían madrugado para llevar a cabo una orden de desalojo por causa de una invasión a una propiedad del estado.  Como primera medida el representante de la Alcaldía, de un modo protocolario, habló a través de un megáfono, pidiendo que las personas que habían invadido este lugar lo desalojaran, puesto que eran tierras de propiedad del estado y estaban en zona de alto riesgo.  Al ver la policía que la población no respondía, le dieron la orden a los buldóceres para que avanzaran en línea tirando al piso todos los ranchos.  Algunos habitantes salieron despavoridos, cuando los policías comenzaron a lanzar balas de gas lacrimógeno contra la multitud enardecida.  Ese día hubo piedras, heridos y un muerto, el líder del barrio que en la tarde lo encontraron cerca a un árbol con una herida de bala en su frente.  Umberto, su esposa y su hijo a lo lejos apreciaban cómo el buldócer arrasaba contra el remiendo de su historia y algunos enceres.  Toda su vida se iba al suelo junto con su pequeña casa.  Igualmente Umberto y Rocío contemplaban en silencio cómo los buldóceres borraban del secreto que compartían con Rubén.  Esa misma tarde que gran parte de la comunidad fueron a parar a unas tierras que quedaban cerca, que le pertenecían al municipio de Bello.  Fue allá donde refundaron el nuevo caserío.  Hojalatas, recortes de madera, cajas de cartón, rejas oxidadas, pedazos de zinc, pancartas viejas, vallas desgastadas, comenzaron a hacer parte del paisaje junto con el canto de las aves.  La vida volvía a renacer no de sus cenizas sino de entre el cartón y el reciclaje. 


Abriendo las bolsas de basura, igualmente recuerda Umberto cuando Rocío comenzó a cambiar.  Ella estaba diferente, parecía otra, ya no trataba con cariño a Umberto.  A veces a su esposa se le olvidaba prepararle el desayuno, y en la noche cuando él llegaba del trabajo no encontraba la cena ni aguapanela, y ni modo de hacerle reclamo ya que siempre a Rocío la encontraba dormida.  Corrían los rumores por el barrio que Rocío tenía otro.  Que mientras Umberto se iba a reciclar o a trabajar en construcción, ella salía temprano con el niño para el centro o para donde su mamá que hacía dos años había llegado a la ciudad, y vivía en otro barrio más abajo.  Rumores iban y venían como olas del mar, y la mente de Umberto hervía de ira.  Los celos lo estaban consumiendo lentamente, se puso flaco y no quería comer.  Él salía más temprano de lo normal y llegaba tarde para encontrarla dormida.  Fueron meses eternos de insomnio.  El rostro de Rubén volvió a resucitar en la mente de Umberto, y todas las noches se lo encontraba en sus sueños, pues él pensaba que quizá este señor no había muerto sino que se había hecho el muerto para robarse a Rocío.  Quizá ella después de esa noche había quedado enamorada de Rubén, y por tanto se estaba encontrando de una manera clandestina, en el momento que Umberto se iba a trabajar.  Acaso ahora no se llamaría Rubén sino que utilizaría otro nombre, otra identidad, otra cara.  Es probable que ahora se llamara Mario, Luís o Víctor, para que ninguno de sus amigos los reconociera en el centro de la ciudad. 

     Una mañana, cuando hacía un buen día y el sol despuntaba en el cerro, Umberto decidió no ir a trabajar, aduciendo que estaba indispuesto.  Ella se puso nerviosa, y le alegaba que cómo iban a hacer para conseguir la comida del diario si él no iba a trabajar.  Acaso se había vuelto un vago.  Entonces él explotó coléricamente, y le dijo que no trabajaría para una mujer que le estaba siendo infiel.  Qué más fácil le pagaba a una prostituta para que le hiciera el amor y le cocinara.  Umberto reclamándole le pidió que le aclarara esos rumores que corrían por el barrio.  Rocío de un modo muy sereno le dijo que no le prestara atención a los chismes, porque en el barrio toda la gente era muy metida y chismosa, y que para apaciguar el tedio y la depresión los vecinos se ponían a inventar patrañas. 

     Así pasó una semana, ninguno de los dos se cruzaba palabra alguna, parecían una pareja de mudos.  Los dos únicos medios de contacto era su hijo Miguel quien para ese entonces tenía siete años, y la  cama, porque la tenían que compartir por obligación.  Rocío le aseguraba a Umberto que todo era una mentira de las viejas chismosas del barrio para hacerlos pelear.  Esa noche se reconciliaron.  La cama vibró como si en ella se hubiera debatido una gran batalla de cuerpos agonizantes que se les acaba el aíre.  Quejidos asmáticos se escucharon desde las afueras del rancho de hojalatas.  El impulso pélvico se impuso sobre la lógica de la razón.  Miguel se hizo el dormido.  A la mañana siguiente Umberto con su sonrisa desgranada se madrugó para el trabajo, más feliz que de costumbre, y Miguel fue enviado a la escuela. 

     Los días seguidos transcurrieron en calma, Umberto al trabajo, Miguel para la escuela y Rocío se quedaba en casa.  Pero los rumores no pararon.  Hasta que en una de esas mañanas Umberto hizo que iba para el trabajo, pero se quedó escondido en una esquina observando desde la distancia la puerta de la casa.  Se asombró cuando después de tres horas, vio que su hijo salió solo para la escuela; y al mismo tiempo su esposa, por la puerta del patio, se escapó sin que nadie sospechara nada.  Él la siguió desde cinco cuadras atrás.  Ella bajó caminando hasta el barrio donde vivía su mamá.  Esto fue un momento de descanso para él, pues al parecer Rocío sí se iba todas las mañanas para donde su mamá.  Ella entró a la casa de su mamá.  Y él quiso entrar para pedirle disculpas por pensar mal de ella, pero recapacitó que si entraba ella le recriminaría por haberla seguido.  Entonces él mejor se quedó afuera esperándola. 

     Media hora después Umberto decidió ir hasta la esquina para tomarse un tinto, cuando él no lo esperaba Rocío salió vestida con otra ropa, que no era la suya, y él la siguió desde lejos.  Ella se dirigió hasta el paradero del bus de Santo Domingo, lo abordó, pero Umberto no pudo seguirla en el bus.  Tiempo después Rocío hizo la parada cerca al centro de la ciudad, llegó hasta una cafetería vieja y esperó allí.  Se pidió un tinto y un cigarrillo.  En el fondo de la cafetería sonaba un tango de arrabal en el instante que unos viejos gordos sentados revisaban los quintos de lotería que habían comprado, tres hombres al lado jugaban billar, en la otra esquina un hombre se hacía embolar sus zapatos, y otro en la barra se tomaba un aguardiente doble.  Diez minutos después llegó un hombre bien vestido y se sentó en la mesa donde estaba Rocío, la saludo de beso en la boca y se fueron para una residencia sencilla cerca a Carabobo. 

     Tres horas después regresaron a la misma cafetería.  Esta vez sonaba en la radiola una canción de Daniel Toro: Zamba para olvidar.  Rocío estaba un poco despeinada y él apenas encajándose su camisa.  Ellos pidieron una gaseosa y un jugo.  Y en el tiempo que la pareja se besaban y acariciaban, de una manera imprevista llegó un hombre de sonrisa mueca, fingida, en una bicicleta oxidada, y los sorprendió.  Umberto vio de espalda a este hombre, el cual tenía la misma estatura de Rubén, incluso el mismo color de cabello, aunque su cuerpo un poco más robusto.  Umberto pensó en ese instante que Rubén nunca había muerto sino que todo había sido una farsa de ellos dos, para volverlo loco.  Él se acercó rápidamente a la pareja, y les increpó preguntándoles qué era lo que estaba pasando allí.  Cuando el hombre giró su rostro Umberto pudo comprobar que era una persona de barba abundante, pero no era Rubén sino que se trataba de Raúl.  Un vecino del barrio que vivía cuatro cuadras abajo, y se dedicaba a vender cedes en los buses.  Raúl le respondió a Umberto diciéndole que ella era su novia, y que dejara de entrometerse en la vida de parejas.  En efecto Umberto le pidió a Rocío que le definiera al hombre, quién era él para con ella.  Entonces Rocío le dijo a Raúl que ese desparpajo de hombre que estaba frente a ellos dos era su esposo Umberto.  Raúl le dijo a Rocío que se decidiera por alguno de los dos.  Y sin medir palabras Umberto le dijo que todo estaba claro para él, que ya la suerte estaba echada, y entonces Umberto se retiró en su bicicleta.  Cuando llegó la tarde Rocío regresó a su casa, pero ésta estaba abandonada.  Umberto y Miguel se habían ido.  Rocío se fue para donde su madre; y Umberto después de haber vendido el rancho y enviarle la mitad de la paga a Rocío, se mudó con su hijo Miguel para un rancho más arriba.  Quizá esa noche sí había muerto Rubén, pero Rocío se había enamorado del fantasma de él, porque se había fijado en un hombre que tenía ciertos rasgos muy parecidos.  Además ¿Quién manda en la voluntad humana?


Un año después Umberto se conoció con Clemencia.  Una mujer de su edad, un poco cegatona, de corta estatura y cuerpo mediano.  Umberto y Clemencia se casaron por la iglesia, y el viaje nupcial lo hicieron en su vieja bicicleta.  Todo ese día se dedicaron a hacer el amor, porque al parecer a los dos la historia los había reciclado para darles una segunda oportunidad, y por tanto debían desatrasarse de esa energía acumulada por el desuso.  Ellos se conocieron en el parque Bolívar.  Clemencia en ese entonces se dedicaba a vender cafés en un carrito y él cuando terminaba el reciclaje, se iba para el parque a emborracharse con aguardiente barato, y a discutir de política, filosofía, religión y putas.  Y de regreso se iba trastabillando en su bicicleta fiel.  Fue así como estos dos viejos casi al borde de la edad se conocieron. 

     Poco a poco los tres fueron construyendo su rancho.  Volvía a florecer la primavera de cartón en el jardín de Umberto, Clemencia y Miguel.  En una mañana con suerte Umberto se encontró la cafetera; luego halló el televisor, que en toda una tarde de domingo se dedicó a arreglarlo y finalmente lo pudo reparar; y posteriormente descubrió la licuadora que tan sólo tenía el vaso roto.  ¿Qué repuesto no se puede conseguir en la Plaza de la Minorista?  Allá te venden un pinta labios usado y una loca en embarazo.  Con recortes y reciclaje Umberto y Clemencia han ido adornando su casa humilde.  Poco a poco el cerro se ha ido poblando como si fuera un pesebre en Noche Buena. 


Umberto en la tarde, a eso de las seis, regresó de Robledo, le fue muy bien esta vez, puesto que pudo recolectar bastante cartón, aluminio y botellas de vidrio.  Mañana piensa levantarse muy temprano para hacer nuevamente el recorrido por el mismo sector.  Cuando fueron las tres de la madrugada, los gallos apenas comenzaban a calentar su canto, como de costumbre Umberto se levantó, se echó su baño con agua helada del tanque que hay en su solar, se tomó su café hirviendo, se despidió de Clemencia que todavía se encontraba enroscada en su lecho, y él salió en su bicicleta con dirección a la ciudad para hacerse el rebusque del diario.  Igualmente ese día le fue muy bien.  Después de todo, la suerte no es la misma.  Y lo bueno de tocar fondo, es que por lo menos del mismo fondo del abismo podemos impulsarnos hacia arriba.  Bueno, eso dicen los libros baratos de auto superación. 

     Esta tarde vi a Umberto entrar a un consultorio cerca a la Minorista, al parecer iba a terminar de pagar una cuota de algo.  Horas después salió con un semblante muy serio, algo muy extraño en él, tomó su bicicleta vieja y se dirigió a su casa.  Como todas las mañanas, como de costumbre, Umberto se levantó a las tres de la madrugada, se echó un baño con agua helada del tanque que hay en su solar, se tomó su café hirviendo, se despidió de su Clemencia, su porcelana, con un beso y una enorme sonrisa nueva, límpida, una mazorca completa de maíz dorado.  La primera sonrisa de maíz fue para Clemencia como se lo había prometido.  Por el camino le sonrió con su nueva dentadura a los girasoles, a los cartuchos y a los ranchos de hojalatas que se alzaban en el cerro como estrellas fugases tras su espalda.   





Hugo Oquendo-Torres
Una sonrisa de Maíz
06 de Febrero, 2011.

25 feb 2011

Frío


Frío
(En memoria de Porfirio Oquendo)


A nuestros muertos
los dejamos allí,
fríos
y desnudos,
bajo la tierra,
solos
y tranquilos,
descansando en la paz eterna,
sin que nada les pase,
sin embargo
ya les pasó algo,
están muertos.







Catarsis de la Memoria y otros silencios
Hugo Oquendo-Torres

17 ene 2011

Bienvenidos al blog de CEPHAS

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